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Cartas desde la biblioteca

#01. El rompecabezas de la memoria fragmentada

Por Edgardo Civallero ǀ 28.06.2024

Aquellos que trabajamos en el campo de la gestión del conocimiento y la memoria —bibliotecarios, archivistas, documentalistas, museólogos, o cualquiera de las restantes etiquetas que nos han endilgado en las últimas décadas— tenemos varias suertes de chistes internos para definir lo que hacemos.

Uno de ellos señala que somos los que hablamos con los muertos: los que dialogamos con ellos y cuidamos de sus voces.

Más allá de lo lacónica —o tétrica— que pueda parecer semejante afirmación, lo cierto es que no está demasiado desencaminada, ni muy alejada de la realidad. Nuestros espacios, físicos o digitales, conservan el pasado. O, para ser más precisos, lo que los que nos precedieron nos legaron en relación con ese tiempo ido. Lo que dijeron, lo que pensaron, lo que vieron, lo que escucharon, lo que soñaron y odiaron. Las voces de los muertos.

[Y si, según dicen, una de las pocas maneras de sobrevivir al paso del tiempo y a la muerte es el recuerdo que quede de nosotros, los gestores de conocimiento y memoria somos una suerte de “puerta a la inmortalidad”. Lo cual es otro chiste que usamos para definir lo que hacemos. Un poco grandilocuente, cierto, pero chiste al fin].

Conservar toda esa memoria de lo que fue, toda esa herencia gigantesca y variopinta, no siempre es fácil. Basándome en mi experiencia propia, me animaría a decir que nunca lo es. Básicamente porque tal acervo jamás llega entero a nuestras manos. Suele hacerlo de manera fragmentada, perforado por todas partes, masticado por los colmillos de un Olvido que nunca perdona nada. Unos retazos por aquí, otros por allá: jirones de lo que alguna vez fue una historia completa, pavesas de fuegos que se apagaron hace rato.

El gran problema es que los únicos intérpretes posibles de esos restos, los que les podrían dar sentido a esos pedazos deslavazados, ya no están con nosotros. O ya no pueden o no quieren recordar.

Y uno se encuentra delante de mil, dos mil, cinco mil piezas de un enorme rompecabezas, sin tener la más remota idea de cómo debería o podría ser la imagen original que debe construir con tales teselas. Con escasas excepciones, uno no siempre sabe por dónde comenzar a ovillar esa madeja tan enmarañada, tan llena de vacíos y discontinuidades, que es la memoria.

Uno adivina las mil historias encapsuladas allí, entre esos papeles, esas fotos, esos objetos, esos discos y dibujos. Reconstruirlas es otro cantar. Uno bien diferente.

Para más inri, uno sabe que ese rompecabezas particular se conecta con muchos otros igualmente incompletos, igual de fragmentados. Y sospecha los vínculos, y alucina con las implicaciones de determinadas relaciones invisibles e intangibles, y fantasea con las mil y unas posibilidades que se desprenden de todas esas posibles interacciones. Pero no las ve.

Es frustrante. Es desesperante. Y es apasionante. Paso a paso, papel a papel, diapositiva a diapositiva, uno comienza a dejar que suenen las voces de esos “muertos”. Leyendo las anotaciones en los márgenes de los cuadernos, juntando pedacitos de dibujos, revisando coincidencias en las fechas de las cartas o en los paisajes que aparecen de fondo en las fotografías, las piezas comienzan a conectarse. Lentamente.

Las teselas van encajando. Y la historia comienza a aparecer. No siempre, por cierto: hay pasados irrecuperables. Pero, la mayoría de las veces, el milagro ocurre.

¿Un ejemplo? Esta semana, revisando unos fondos donados a nuestro archivo —papeles personales de una de nuestras más célebres científicas, ya fallecida—, me encontré su tarjetero: su colección de tarjetas de presentación. Para muchos colegas, ese tipo de piezas no es importante: al fin y al cabo, se trata de algo personal, inservible cuando las tarjetas dejan de tener validez o cuando la persona que las conservaba ya no está.

Sin embargo, más allá de haber sido una herramienta de identificación y contacto en su momento, esa colección de tarjetas permite establecer hoy una suerte de “mapa social” enmarcado en un periodo determinado de tiempo. Un mapa que puede ayudar a entender el contexto socio-cultural (e incluso económico y político) del área de investigación de nuestra científica, de las instituciones a las que perteneció, y de la ciencia en su país y en su región en un punto concreto del pasado. Cuando las teselas encajen, aparecerá la historia. Las historias. A partir de un vistazo superficial no me quedó la menor duda de que, a partir de esas tarjetas y sus relaciones mutuas —no siempre visibles, o evidentes—, podré establecer una suerte de “quién es quién” de aquella época, resaltar la identidad de los personajes más destacados del mundo académico de ese momento, averiguar cuáles eran las organizaciones que trabajaban por entonces en el país a nivel internacional (y cuáles eran sus jerarquías, y cuáles sus países de origen), intuir cuáles eran las relaciones internas que existían entre esos actores, ver en qué disciplina o campo del saber se movían, y un largo etcétera.

Como digo, hay una historia detrás. O muchas. Siempre las hay.

[También habrá muchos huecos: como dije, la memoria siempre es fragmentaria. Y habrá muchos silencios. Silencios que a veces hablan con más fuerza que un grito. ¿Qué significa, por ejemplo, la pertinaz ausencia de una determinada institución en ese tarjetero?]

Lo sé, ya lo sé: encontrar esas historias será frustrante. Y desesperante. Pero también será apasionante. Buscar una hebra que falta, encontrar por sorpresa el fragmento que soluciona este o aquel enigma, enterarse de los intríngulis de una investigación o de las luchas intestinas por el poder, saber de los placeres y los pesares… Dialogar con esos “muertos” que, si uno lo piensa bien, no lo están tanto. Hacer perdurar sus trabajos y sus luchas.

Será toda una tarea. Inevitable. Y, sobre todo, necesaria. Porque, parafraseando a Mario Benedetti, los que trabajamos en estos quehaceres “no podemos ni queremos / dejar que la memoria se haga cenizas”.

[Fotografía tomada por Edgardo Civallero, de materiales gestionados en la Biblioteca & Archivo de STRI].

Texto: Edgardo Civallero. Fotografía: Edgardo Civallero. Materiales gestionados en la Biblioteca & Archivo de STRI. Fecha de publicación: 28.06.2024. Ultima modificación: 24.08.2024