
Cartas desde la biblioteca
#02. La mirada en los detalles
Por Edgardo Civallero ǀ 05.07.2024
Históricamente, los espacios de gestión de conocimiento y memoria —llámense bibliotecas, archivos, museos, o cualquiera de la miríada de otras denominaciones que pueden llegar a recibir— ocuparon sus estanterías, cajas y archivadores con un determinado tipo de documentos. Un tipo particular, puntual, bien definido.
Allí, tradicionalmente, se les dio cabida a las grandes obras, a los grandes autores (¿hombres blancos, generalmente?), a los grandes trabajos (académicos, sobre todo), al gran discurso (el dominante, el hegemónico), a las grandes historias (la oficial, la del vencedor), a las grandes editoriales…
“Grande” es el adjetivo común a todos esos sustantivos. Grandes eran también los edificios. Grandiosos, más bien. Imponentes en su aspecto, tamaño y estructura. Espacios de alta cultura y de civilización. Lugares donde reposaban los saberes y recuerdos de la humanidad.
Pero no todos ellos. Solo los grandes.
Un enorme porcentaje del patrimonio intangible humano quedó fuera. Particularmente, los conocimientos “otros”, las historias y propuestas “pequeñas”, los documentos “no tradicionales”, la palabra hablada, la “voz de los vencidos”…
En un momento determinado, algunos espacios de manejo de saberes y recuerdos tomamos (y me incluyo porque fui y sigo siendo parte activa de ese movimiento) el adjetivo “pequeño” como bandera y comenzamos a plantear otras formas de trabajo, de pensamiento y de acción. Comenzamos a poner la mirada en los detalles: en los papeles minúsculos, en las anécdotas que parecían insignificantes, en esos espacios mal llamados “márgenes”, en las paredes de los barrios populares que gritan a través de sus grafitis y en las comunidades indígenas que lloran en sus tejidos, y en todas esas perspectivas, ideas y actividades “alternativas”.
Y encontramos un universo hasta entonces invisibilizado, silenciado, mantenido en la sombra a la fuerza, y a la postre olvidado. Un cúmulo descomunal de aprendizajes y experiencias, de sueños y fracasos, de esperanzas y caminos vividos. Cientos de millones de historias de vida que jamás habían sido tomadas en cuenta por la historia “grande”, que nunca habían aparecido en los papeles “grandes”, que no habían estado en los estantes de las “grandes” bibliotecas o en las cajas de los “grandes” archivos pero que, le pesase a quien le pesase, también eran parte del patrimonio intangible de nuestra especie.
Nacieron entonces archivos comunitarios, bibliotecas indígenas, museos campesinos, y muchas otras propuestas que, en cierta forma, decolonizaron espacios y procesos, y permitieron que muchos grupos humanos recuperaran una voz no habían perdido pero que, de una forma o de otra, les había sido arrebatada.
Esos profesionales de la gestión del conocimiento y la memoria terminamos llevando esa perspectiva, la de “poner la mirada en los detalles”, a los documentos grandes. Y descubrimos historias maravillosas escondidas en rincones ignotos. Nos dimos la oportunidad de observar esos documentos con otros ojos, de tocarlos con otras manos, de pensarlos desde otros lugares. Y nos sorprendimos.
Recordaba todo esto hace poco, con un libro que recibimos en donación como parte de la colección de un científico retirado. Era un ejemplar ya viejito, aunque bastante bien conservado. Hojeando sus páginas, sintiendo el ruido del papel al pasar y el olor inconfundible de los volúmenes añosos, me encontré una nota al margen. Parte de eso que nosotros llamamos “marginalia”, y que puede incluir un mundo de cosas.
Esta nota en cuestión subrayaba una oración en particular y, al costado, en lápiz, y entre varios signos de exclamación, apuntaba: “¡Mentira!”
No es la primera vez que encuentro semejante palabra al borde de un libro. Las “marginalia” incluyen numerosos actos de rebeldía, de disenso en contra del discurso dominante y de “lo grande”. (Al fin y al cabo, es la voz que reclama desde el margen y al margen). En una ocasión anterior, cuando encontré una nota idéntica, me dediqué a investigar el porqué de ese exabrupto. Y descubrí que la autora de la anotación, una científica, terminó publicando muchos años después un artículo en el que, sin aludir directamente a ello, demostraba que, en efecto, la afirmación del libro anotado era falsa. Una mentira.
Poner la mirada en los detalles, en las cosas “pequeñas”, en el discurso y los hechos cotidianos, es darse una oportunidad para toparse con estas historias que también son parte de ese proceso de construcción de conocimientos que llamamos “ciencia”. Un proceso que siempre, indefectiblemente, empieza con una pregunta, y surge de nuestra innata curiosidad sobre lo que nos rodea.
Días atrás, moviendo un conjunto de papeles recibidos como parte del acervo de una botánica de nuestra institución, me topé con una agenda suya. Año 1990. Cuando quise pasar las páginas, el cuadernillo fue a abrirse exactamente entre dos hojas en donde la dueña había colocado una fronda de helecho. Seca, allí, desde hacía más de tres décadas.
¿Un detalle nimio? En absoluto. ¿Qué impulso llevó a esa mujer a detener su paso junto a un helecho, cortar una pequeña parte de sus “hojas” y colocar la muestra entre las páginas de su agenda personal? ¿Qué pregunta surgió en su cabeza en ese momento, qué curiosidad? ¿No es eso, al fin y al cabo, el motor principal del quehacer científico y académico? ¿Esa duda, ese asombro ante algo que desconocemos, ese interés por ir un paso más allá y explorar?
Pero hay mucho más: toda una historia. ¿Recordaría nuestra científica que tenía esa muestra allí? ¿Lograría identificarla? ¿Fue, ese pedacito de helecho, el punto de partida para algo más?
Poner la mirada en los detalles permite dar con este tipo de historias. Incompletas, fragmentarias, a veces hipotéticas, pero historias al fin. Para algunos de mis colegas son tonterías, cosas demasiado insignificantes. Quizás sea así. Por mi parte, siempre recuerdo aquella sentencia de Lao Tzu que señala que un viaje de mil millas comienza con un primer paso. Todo gran proceso es la suma de pequeños elementos: diversos, ricos, únicos, diferentes, plurales… Elementos que pueden proporcionar otras perspectivas, una mirada distinta, o un abordaje inédito.
Basta con saber mirar. O con querer mirar, al menos. Y, a partir de ese punto, es preciso tener la voluntad de dejarse sorprender.
Es la base de lo que hacemos los que nos dedicamos a lo que yo hago. Y, si me preguntan, la de la propia ciencia.
Texto: Edgardo Civallero. Fotografía: Edgardo Civallero. Materiales gestionados en la Biblioteca & Archivo de STRI. Fecha de publicación: 05.07.2024. Ultima modificación: 24.08.2024