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Cartas desde la biblioteca

#03. ¿Para qué quieres eso en el archivo?

Por Edgardo Civallero ǀ 12.07.2024

En un texto anterior compartí con ustedes (o, al menos, con los que se aventuraron a leer la primera de esta serie de “Cartas desde la biblioteca”) el asombro de muchas personas que, a día de hoy, todavía no entienden a qué nos dedicamos los que gestionamos conocimiento y memoria.

Entre esas asombradas personas hay muchos científicos.

No es de extrañar. En una compilación que publicó en 2017, la renombrada historiadora de la ciencia estadounidense Lorraine Daston señaló que “…se supone ipso facto que la investigación de archivos es de naturaleza histórica, y que cualquier archivo es del tipo investigado prototípicamente por los historiadores: un lugar fijo con una colección curada, generalmente oficial, que consiste en su mayor parte en antiguos documentos inéditos”. Añadía que “los archivos son, en su mayoría, invisibles en términos de lugares y prácticas científicas”.

En resumidas cuentas: los archivos siguen siendo esos estereotípicos espacios polvorientos y olvidados en los que solo algunos historiadores IndianaJonescos se arriesgan a entrar para intentar poner orden y sentido en una serie de papeles viejos que les puedan arrojar alguna pista sobre algún incidente ignoto de un pasado lejano.

Sin embargo, y como mencionaba en la anterior de estas misivas mías, de un tiempo a esta parte —digamos, en las últimas dos o tres décadas— muchos profesionales de la gestión del conocimiento y la memoria nos hemos dedicado a reformular un poco nuestra profesión y nuestra actividad. A darnos cuenta de que los archivos no solo cuentan las grandes historias ni incluyen solo los grandes papeles.

A poner la mirada en los detalles.

Desde semejante reposicionamiento, nuestro quehacer se convirtió, de golpe y porrazo, en algo bien interesante. (Ya lo era, de hecho, pero las circunstancias mejoraron mucho). La diversidad aumentó, las voces se reprodujeron como por arte de magia, las posibilidades se multiplicaron de manera exponencial… Nos percatamos de que detrás de cada pequeño fragmento de papel, de cada diapositiva, de cada ficha o dibujo, se entrecruzaban un montón de cuentos, susurrando por lo bajo (o anunciando a los gritos) las aventuras y desventuras de otro montón de gente. Todo un universo de personajes variopintos y de narrativas únicas.

Y de esa forma, casi sin saberlo o esperarlo, en el archivo aparecieron historias por todos lados.

En cada rincón. En cada estante.

Y me corregirán si me equivoco en la siguiente afirmación, pero me parece que a todo el mundo le gusta una buena historia. En especial la anécdota jugosa, el detalle picante, el chisme recién salido del horno, la invención ingeniosa, la resistencia épica, el melodrama trágico… No sabremos las fechas de las batallas de Napoleón o de Bolívar, pero estoy seguro de que un par de detalles historietescos y chismosientos sí que conocemos. Como la estatura del primero. O los apasionados amores del segundo.

[“A la gente le gusta el chiiiiiiiiiisme, nene…” solía decir mi tía abuela, buena conocedora y practicante del oficio de chismosa. Y no se equivocaba…]

Esas historias, todas ellas, son los variados hilos que conforman nuestra memoria social y colectiva. Y nosotros, los bibliotecarios, archivistas y museólogos, somos sus tejedores.

[Dice la archivista australiana Sue McKermmish (una autoridad en el tema de memoria y archivos) que “el ser humano es la suma de sus recuerdos”, y que “la naturaleza de su interacción con otros seres humanos, incluso su propia identidad, está determinada por sus recuerdos”].

Como buenos artesanos, los que hacemos lo que yo hago no estamos dispuestos a descartar ninguno de esos hilos. Muchos de nosotros hemos aprendido a detectar y a identificar las muchas posibilidades subyacentes. Por ende, terminamos guardando en nuestras colecciones elementos que, para ojos externos, parecen carecer de valor. Y entonces tenemos que escuchar la eterna y escandalizada pregunta.

“¿Para qué quieres eso en el archivo?”

[Cejas alzadas, ojos muy abiertos, tono de espanto en la voz. A veces, manos a la cabeza y otras gesticulaciones vehementes. En selectas y memorables ocasiones, interlocutores mesándose los cabellos y rasgándose las vestiduras… Hay de todo en la Viña del Señor, créanme].

“¿Para qué quieres eso en el archivo?”, preguntan. Sí. Como si estuviéramos ocupando el sitio de las “cosas importantes” con basura.

Pero nosotros sabemos que ahí, detrás de esa supuesta “minucia”, hay toda una historia a ser contada.

O muchas, si se quiere.

Me ocurrió hace unos años con un pedacito de servilleta de papel que encontré en el fondo de una caja polvorienta en las islas Galápagos.

[Imagínense. Un pedacito de servilleta. De una cafetería. Guardada en mi archivo].

El papelito en cuestión tenía una fecha, un lugar, un nombre científico y la firma de la persona que había realizado la anotación. Estaba arrugado y enmohecido. “¿Para qué quieres eso en el archivo?” volvió a resonar la frasecita a mi alrededor. No le di importancia a aquella nota… hasta que caí en la cuenta de que documentaba un avistamiento. Terminé averiguando que ese documento —cualquier soporte material que codifique un fragmento de información lo es— daba cuenta de la presencia de un mamífero marino en un punto específico de la geografía galapagueña muchos años antes de la primera cita registrada en la bibliografía académica.

[¿Por qué ese pedacito de papel no había sido tenido en cuenta hasta entonces? Probablemente porque el que lo firmó no fue un científico sino un ignoto guía turístico. Y la historia, al fin y al cabo, la suelen contar los poderosos.

Y… claro, porque era una servilleta. ¿Qué biólogo, qué historiador, qué autoridad académica va a querer sustentar sus afirmaciones en una servilleta?].

Lo mismo me ha estado ocurriendo en nuestra institución, especialmente a la hora de pedir a las personas que componen nuestros equipos que no descarten ni tiren papeles. Que no tiren nada, en realidad. Porque muchos de esos elementos que esa gente considera “inútiles” pueden ser bien valiosos si se los sabe poner en contexto. O si uno sabe ver los hilos que los atraviesan, las voces que conservan… “¿Para qué quieres eso en el archivo?” me preguntan, algo molestos. “¡Déjame tirarlo! ¡No es más que basura!” Quizás una parte lo sea, y yo mismo me ocuparé de destruirla y descartarla. Pero apuesto lo que quieran a que en cada una de esas cajas que buscan borrar del mapa hay mucho por rescatar.

Por ejemplo, cuadernos de campo con dibujos únicos, esbozados con un lápiz en algún rincón del bosque panameño hace medio siglo. O los esquemas preliminares de los senderos de visita en cierto Monumento Natural. O listados con datos de anillamiento de determinadas especies de aves. O tres centenares de fotografías de determinadas excavaciones arqueológicas que marcaron un hito en la historia centroamericana. O los dibujos originales del primer libro con la descripción sobre un determinado grupo biológico…

De modo que la próxima vez que vayan a descartar papeles viejos, piensen que los que trabajamos en mi línea de acción podemos conservarlos, y mirarlos desde otras perspectivas, y contar historias con ellos.

Y la próxima vez que entren a un archivo y encuentren un batiburrillo de objetos, a cuál más diverso y curioso, no pregunten “¿para qué quieres eso…?” Pregunten, más bien, por la historia que hay detrás. Estaremos encantados de contársela.

Texto: Edgardo Civallero. Fotografía: Edgardo Civallero. Materiales gestionados en la Biblioteca & Archivo de STRI. Fecha de publicación: 12.07.2024. Ultima modificación: 24.08.2024