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Biblioteca & Archivo del STRI

Cartas desde la biblioteca

#05. Esas cosas viejas que tienes por ahí…

Por Edgardo Civallero ǀ 26.07.2024

Ocurrió hace unos seis años, en un lugar del que no logro acordarme — llevo demasiado tiempo en esta profesión mía, y las geografías, las caras, las voces y los temas se me empiezan a difuminar, a mezclar, y no siempre de la forma más sutil. Me habían encargado recibir, en la biblioteca-archivo-museo que lideraba en aquel entonces, a un grupo de estudiantes de primaria. Contarles lo que hacíamos, por qué existíamos, por qué deberían visitarnos y usar nuestros servicios… Ya saben: hacer todas esas cosas que mucha gente dentro de la propia organización espera que uno haga, y dar todas esas respuestas que muchos de ellos esperan que uno tenga.

[Spoiler alert: No siempre las tenemos. No siempre las buscamos. Y algunas de ellas no nos preocupan, la verdad sea dicha].

El caso es que ahí estaba yo, un ser vivo que suele preferir la compañía de papeles mohosos a la de humanos vivientes y respirantes y preguntantes, rodeado de una caterva de chiquillos. Dos docenas de pequeños bonsái de persona armando bulla, toqueteando todo, desordenando todo (oh, dioses del Valhalla…) y mirándome como si yo hubiera salido de una de las gavetas en las que almacenábamos los manuscritos antiguos.

[Semejante percepción no era demasiado errónea, por cierto].

Comencé a contarles por qué existíamos. Qué hacíamos. Qué beneficios tenía nuestro trabajo para la comunidad. Por qué tenían que venir día sí y día también a llenar nuestras salas (además de para la foto oficial, por supuesto). Y tras esos deliciosos párrafos de promoción institucional —esos que generalmente me dejan en la boca un sabor que mezcla la hiel con el ácido sulfúrico— les mostré algunos de los artefactos / documentos de nuestra colección de archivo.

Disquetes de 3 ½ o 5 ¼, discos ZIP, DATs, CDs… Una selecta muestra de un enorme fondo documental que yo mismo había construido, organizado, descrito y curado personal y pacientemente, muchas veces rescatando material de la mismísima basura.

[Síp. Tengo alma de reciclador. ¿Y qué?]

Aquellos críos miraban los materiales que yo tenía entre manos como si les estuviera mostrando objetos recién sacados de la tumba de Hatshepsut o de la biblioteca de Assur-bani-apli. Les eran igualmente desconocidos, igualmente ininteligibles. Y, debo decirlo, igualmente ridículos. ¿Allí, en ese cuadradito de plástico, se guardaba menos de un mega de información? ¿Alguien estaba feliz —u orgulloso— de manejar datos de esa manera? ¿O de escuchar música usando una larga cinta fina y marrón que se enredaba por nada y que, de acercarse a un imán, se borraba? Es más: ¿cómo se compartía todo eso? ¿Cómo se mandaba a un amigo, a un conocido?

[“Por correo físico”, respondió un cándido yo a esta última pregunta. Imaginen las caras…]

No tuve que explicar solo para qué servía cada ítem y qué voluminosos, enrevesados e imperfectos aparatos se necesitaban para leerlos o hacerlos funcionar. También tuve que explicar el contexto. Qué sentíamos y qué hacíamos los que convivimos con esa tecnología — que, para mi jovencísima audiencia, de “tecnología” tenía bien poco. Les conté, por ejemplo, que para instalar un programa informático en una computadora se necesitaban 15, 20 o 30 disquetes (esos “cuadraditos de plástico” que tenían delante), los cuales tenían que colocarse en el lector en la secuencia correcta (y cruzar los dedos para que ninguno estuviera dañado y para que no hubiera un corte de luz durante el largo periodo de tiempo que tomaba la instalación).

Para aumentar su sorpresa y sus expresiones de lástima hacia mi persona…

[Y aquí me viene un chiste de la tira cómica “Mafalda”, del humorista argentino Quino. Mafalda le pregunta a su padre: “Papá, cuando vos eras chico, ¿qué programa de televisión te gustaba más?” El padre responde que cuando él era chico no había televisión. Mafalda, entonces, pregunta: “¿Y para qué eras chico, entonces? ¡Qué tonto!”]

…les conté que les estaba mostrando cosas digitales / informáticas, que aparecieron en el mundo cuando yo tenía unos 15 años, pero que, antes de eso, las cosas eran mucho más…

…más…

…”primitivas”, digamos.

[Gente de mi generación o anteriores: no me odien, por favor. Y, nuevamente, imaginen las caras de mi audiencia…].

Les mostré entonces filminas de las que se usaban con un retroproyector para dictar una conferencia (“esto era nuestro PowerPoint”, señalé…), películas de 35 mm y videos VHS (“esto era nuestro Netflix”, indiqué…), casetes de audio (“esto era nuestro Spotify”, lamenté…), diapositivas (“esto era nuestro Instagram”, lloré…).

Incluso me arriesgué a contarles que, para no gastar las pilas de nuestros walkmans (“¿walk-quéeee?”), rebobinábamos los casetes de nuestra música favorita con la ayuda de una lapicera.

[En mi época, hacer eso era una auténtica cheveridad… Había que tener una excelente técnica de muñeca… ¡Eso era innovación, y lo demás era cuento!]

Las miradas oscilaban entre el asombro más absoluto y la piedad más infinita. Estaban recibiendo una suerte de lección de arqueología de parte de una suerte de cavernícola recién descongelado que, para más inri, parecía considerar que todas aquellas antiguallas que estaba mostrando eran una suerte de tesoro.

Finalmente, mi charla acabó. Y se fueron, murmurando entre ellos, y mirándome como si acabara de bajarme del DeLorean de Marty McFly en una versión invertida de la famosa película de Zemeckis.

[Y aquí me viene otro chiste de “Mafalda” a la memoria. Un amigo le pregunta a la niña “¿Dónde nació tu papá?” Después de pensarlo un poco, ella responde “Él me dijo que de chico no conoció la televisión, ni el nylon, ni la energía atómica, ni los antibióticos, ni los transistores, ni los aviones a reacción, ni los satélites artificiales, ni los cohetes teledirigidos, ni los lentes de contacto. Así que tiene que haber nacido en el Mato Grosso”. Para aquella audiencia infantil, yo tenía que haber nacido en un rincón de la cueva de Lascaux].

Hoy, visto en perspectiva, la reacción de aquel grupo de jóvenes visitantes no me resulta extraña, mucho menos inesperada. De hecho, y siendo muy honesto, creo que es precisamente la reacción que en la actualidad quiero provocar entre aquellos que se asoman a las colecciones que mantengo en el archivo: asombro, incredulidad…

[…un poco bastante de pena…]

…y quizás, tal vez, puede que algo de interés. Colocar sobre una mesa, en hilera, una sucesión de soportes materiales de imagen fija (fotografía), de imagen móvil (video), de audio o de información electrónica, permite entender el desarrollo gradual de ideas y conceptos de conservación y transmisión de información. Permite ver de forma directa el ensayo-error, los formatos que aparecieron y desaparecieron casi como por encanto porque sus resultados no fueron los esperados, las revoluciones tecnológicas, las soluciones que siempre funcionaron… Todas las disciplinas pueden mostrar semejante movimiento / “evolución” / “progreso” en sus métodos y materiales, y las ciencias de la información no son la excepción.

Y es entendible que para aquellos que no tuvieron esos materiales cerca, que no convivieron con ellos, resulten una antigualla. ¿Cómo nos sentimos nosotros, los cincuentones, cuando vemos los televisores de los años 40, las radios de los años 30, los teléfonos de los años 20, el telégrafo?

[¿Sabemos mandar un telegrama? ¿Mandamos uno alguna vez?]

En mi experiencia directa, creo que esas cosas nos suelen provocar risa. Pero entiendo que, por lo general, se trata de una risa entre curiosa y asombrada. Probablemente porque, muy en el fondo, nos damos cuenta de que tenemos historia delante nuestro: una sucesión de acontecimientos que se han producido en un periodo demasiado breve como para considerarlo “historia”. Creemos que eso, la historia, se hace a lo largo de décadas, o de siglos, pero la realidad es que la historia empezó ayer. O hace una hora. O hace cinco minutos. Y crece y sucede y se desarrolla antes nuestros ojos.

A veces, en el periodo de una vida humana, se suceden acontecimientos de una amplitud brutal a una velocidad de vértigo. Los que nacimos y crecimos antes de la aparición de Internet podemos dar fehaciente testimonio de ello.

Los archivos, y los materiales almacenados en ellos —en especial este tipo de materiales, tan llamativos, tan multiformes, tan sujetos a cambios veloces y evoluciones imparables— nos permiten darnos cuenta de ese fenómeno de “historia rápida”. De que hemos sido testigos y protagonistas directos de cambios históricos. En las comunicaciones (¿recuerdan la primera vez que mandaron un email?), en el manejo de documentos (¿recuerdan la primera vez que sacaron una fotocopia?), o en la búsqueda de información (¿recuerdan cuál fue su primer buscador en Internet, antes de la aparición de Google?)

Entiendo que es por esa misma razón que, para muchos de nosotros, estar en contacto con esos materiales nos trae una infinita nostalgia. Estamos tocando historia: nuestra historia, la de nuestras familias, amigos, pueblos y sociedades… A mí, ver un casete de audio me lleva a las copias de Dire Straits que escuchaba a mis 18, cuando comencé la universidad. Tener entras las manos una cinta VHS me recuerda esas películas raras que un grupo de amigos muy jóvenes y muy cinéfilos íbamos a buscar entre las estanterías del videoclub del barrio… Los sonidos producidos por una máquina de fax, por las teclas de una máquina de escribir, por los tempranos módems al conectarse, por las Commodore 64 cuando cargaban un videojuego grabado desde un casete: todo eso es parte de mi historia personal.

De la historia de toda una generación, en realidad.

En la actualidad, una disciplina, la “arqueología de los medios”, se dedica a recuperar esa memoria, a estudiarla, a darle un sentido y, sobre todo, un contexto. Existen incluso proyectos en línea que recuperan esos sonidos que acabo de mencionar arriba y que los reviven para nosotros, los viejos nostálgicos: los soniditos de los primeros videojuegos, de las caseteras de video rebobinando la cinta, de la aguja del tocadiscos apenas se apoyaba en el vinilo… Y los archivos recuperamos series y más series de materiales de este tipo. Y los atesoramos, y los mostramos, e intentamos darle sentido — aunque nos miren como a bichos raros.

“Pero, ¿para qué quieres eso en el archivo?”, me siguen preguntando (una pregunta que ya he explorado en estas “Cartas…”). “¡Todos esos contenidos ya están digitalizados en Internet!” Ajá, lo más seguro es que lo estén. Pero no se trata de los contenidos. Se trata de los contenedores. De la materialidad de esas cosas, del objeto físico y sus características, y de toda la emocionalidad y las vivencias enlazadas con semejantes elementos.

Y de esa magia que sucede cuando uno entiende realmente cuál es el significado, el valor y el poder de una de “esas cosas viejas que tenemos por aquí…”.

Texto: Edgardo Civallero. Fotografía: Edgardo Civallero. Materiales gestionados en la Biblioteca & Archivo de STRI. Fecha de publicación: 26.07.2024. Ultima modificación: 24.08.2024